Luis Pedernera: «Hay que fortalecer los Derechos Humanos, el involucramiento de la comunidad y la opinión de los niños»

El Presidente del Comité de los Derechos del Niño piensa que la pandemia debe acelerar el paso del asistencialismo a sistemas de derechos en la protección social. Teme que las desigualdades en la infancia se disparen si las consecuencias de la crisis se enfrentan desde la caridad y “la matriz costo-beneficio”. Problematiza el predominio sin contrapesos de la mirada sanitarista e invita construir respuestas integrales, que tengan en su centro la participación de los niños.

*También puedes leer esta entrevista y la versión completa de la revista NOesMENOR haciendo click aquí

Por Francisco Figueroa

En estos días es común escuchar autoridades hablando de los niños como “vectores de contagio” o “súper-propagadores” del Coronavirus. ¿Considera que este lenguaje pueda conducir a situaciones de discriminación?

Sobre los niños se debería evitar toda narrativa que coloque en ellos el estigma, como la discriminación que ya hemos visto sobre adultos que fueron “patrones cero” de la enfermedad o incluso médicos atendiendo problemas de salud. He observado con sorpresa que algunos Estados que han decretado la cuarentena obligatoria permiten salir a dar una vuelta con los animales, pero la posibilidad de hacer eso con los niños no pasó por quienes toman las decisiones. Obviamente hacerlo requiere una respuesta articulada, de acuerdo a los estándares que han planteado la OMS y los sistemas sanitarios de cada país. Pero que los niños puedan ser transmisores no debe llevar a construir sobre ellos la imagen de algo negativo, que los estigmatice y los vuelva responsables de algo en lo que no tienen nada que ver. Tenemos que cuidarlos, porque esto tiene efectos emocionales y psicológicos. Debemos saber transmitir a los niños en un lenguaje adecuado qué es lo que estamos viviendo, tomando las medidas adaptadas a su condición.

Respecto al rendimiento escolar durante el confinamiento, ¿cree que hay una concepción estrecha del derecho a la educación, poco centrada en el niño y demasiado en los imperativos de un sistema educativo “industrializado”?

Sí. Como Comité saludamos las nuevas tecnologías para suplir la suspensión de las clases, pero decimos también que eso no puede constituirse en un elemento que profundice la desigualdad. No estamos frente a niños que podamos medir de manera igual. De pronto pareciera que todos los niños tienen impresoras en sus casas o una conexión a internet. Y lo otro es que la educación no es un tiempo a llenar, es un tiempo a construir, y la construcción pedagógica tiene mucho que ver con lo que el niño piense y el niño sienta. Esto pone al descubierto que los niños han sido los grandes ausentes de nuestro sistema educativo. Aún hoy, la voz de los niños en la construcción del currículo, en la evaluación de los programas y los docentes, no existe. Bueno, empecemos a ver con estos nuevos métodos un gobierno de la educación que le dé a los niños la posibilidad de expresarse e indicarnos, porque tal vez los adultos nos estamos equivocando en nuestros métodos pedagógicos. Este es un déficit grande de nuestro sistema educativo, que hoy aflora con más fuerza. Debería ser una oportunidad para dejar de usar la “participación” como un discursito y convertirla en una herramienta central de la educación.

En ese sentido, ¿puede cobrar mayor relevancia la Observación general N°1 del Comité, sobre los propósitos de la educación?

Sí, esa observación dice que debemos formar sujetos críticos, que puedan relacionarse y entender el mundo, que educación no es solo “poner conocimiento” en los niños. Me parece extraordinario lo que han hecho en Chile los estudiantes secundarios desde 2006. Que no se haya podido captar esta idea que han puesto los adolescentes sobre la mesa, es un error grave de los adultos y de las instituciones. El Comité ha dicho a Estados que tienen la exigencia hipervalorada, pero que al mismo tiempo están a la vanguardia en ciertos rankings, que los sistemas que lo único que hacen es preocuparse de que los niños memoricen implican un gran nivel de frustración, que muchas veces lleva al suicidio. Estos documentos sirven para tensionar el lugar que se le da a la escuela, el formar para la competencia, que no es eso. Lo que queremos es personas que desarrollen profesiones y oficios comprometidos con el otro. Si uno habla de los derechos humanos como proyecto, eso es.

Los Estados están redirigiendo recursos para enfrentar la pandemia y paliar sus primeros efectos económicos. ¿Qué significa resguardar el interés superior del niño en estas decisiones?

Si hay que reorientar recursos, debe ser para fortalecer cuestiones fundamentales para el ejercicio de derechos en la atención de la urgencia del Covid-19. Hoy en nuestra región (Latinoamérica) hay una urgencia alimentaria. Las tasas de padres y madres que están pasando al seguro de desempleo, y la de quienes ni siquiera tienen esa posibilidad, hace saltar el hecho de que muchos niños se alimentan en las escuelas, no por política educativa, sino como respuesta a la insuficiencia alimentaria. Y desafiarnos a pensar más allá, porque lo peor es que sigamos respondiendo con el mismo parámetro. Por ejemplo, en esta pandemia una cosa que se ha puesto sobre la mesa es la renta básica universal. O el problema del agua: no se puede responder de la misma forma a una cuestión que hoy emerge con mucha fuerza como un derecho humano fundamental. Entonces, pensar en el interés superior del niño significa que las respuestas no pueden ser simples ni realizadas desde una matriz de costo/beneficio, sino reforzando la máxima que indica que los dineros que van a infancia nunca son gastos, sino una inversión”.

Hay quienes dirían que eventuales recortes de programas sociales en una emergencia son un tema de pura política pública, no de derechos humanos “duros”. ¿Desafía la pandemia a pensar la política social desde los derechos humanos?

Sí, porque está tocando dos cuestiones centrales en la vida de los niños: la salud y la educación. Creo que la pandemia va a hacer surgir un pensamiento donde los derechos humanos van a ser mucho más centrales. Porque ciertos mitos de la economía actual se están cayendo, como que el Estado no tiene que hacer nada, que es un mero regulador. Estamos viendo que, sin Estado, no hay respuesta posible a la pandemia. Me parece fundamental desde un pensamiento de derechos humanos plantear que el Estado sí tiene mucho que hacer en materia social, educativa y sanitaria. Sobre todo en nuestra región, porque lo que la pandemia ha puesto sobre la mesa con mucha fuerza, al golpear mucho más fuerte a los sectores desprotegidos, son las inequidades.

Los niños son “los más pobres entre los pobres”, especialmente en regiones como América Latina. Las proyecciones de CEPAL para nuestros países no son nada alentadoras. ¿Está nuestra región preparada para enfrentar esta crisis con los niños en el centro?

La pandemia ha puesto con mayor evidencia lo débiles que son nuestros sistemas de protección social. Cualquier respuesta post-pandemia, asumiendo incluso la crisis económica por la caída de nuestros PIB, debe tener un fuerte anclaje en la protección social. Si lo único que se hace es seguir protegiendo el capital, y la persona no está en el centro de la respuesta, esa no es una respuesta con mirada de derechos humanos. En nuestra región, mucho se ha hablado de protección social, en Chile y Uruguay nos llenamos la boca con esto, pero en realidad pensamos los derechos en términos de respuestas para los que se cayeron del sistema, siempre focalizado ahí, y no como una respuesta integral basada en que a todos los niños le corresponden todos los derechos. Ese debate, el de una ley de sistema que Chile tiene pendiente, debería estar ahora en el centro. Si la crisis no acelera los procesos de pensar la protección social no como caridad o asistencialismo, sino como derechos para todos los niños, la desigualdad se va a profundizar. Estos datos de CEPAL deben ser una gran luz roja para nuestros Estados, para que prioricen la protección de la población y primero vayan los niños, las niñas y las adolescentes. Y para eso hay que hacer un esfuerzo por pensar nuevas institucionalidades, en términos de derechos para todos los niños, no de privilegios.

La globalidad de la pandemia parece exigir respuestas claras de Naciones Unidas y su sistema de derechos humanos. ¿Es su fortalecimiento una necesidad y una perspectiva en la que podamos depositar esperanzas?

Va a ser un debate importante. El sistema de Naciones Unidas ha recibido ataques muy fuertes en este último tiempo. A los órganos de tratado nos puso en cuestión si íbamos a tener periodo de sesiones el año pasado, porque los Estados no estaban contribuyendo con sus aportes para que funcionemos. Entonces, post-pandemia tendremos que tener un debate fuerte para apuntalar una mirada de derechos humanos, porque, así como nuestra función es ayudar a los estados en la aplicación de la Convención, también va a ser central nuestro seguimiento a esta crisis global. Y allí los diez comités nos debemos articular para pensar una línea propositiva para salir mejor posicionados en cuestiones básicas de derechos y que no emerjan posiciones individualistas y egoístas. Hay que fortalecer los derechos humanos, el involucramiento de la comunidad y la opinión de los niños. Es una opinión que no está contaminada por los vicios de los adultos, es una opinión nueva y como tal, debe tener su espacio. En definitiva, tenemos un rol que cumplir en poner a la persona y sus derechos humanos en el centro, para no volver a una respuesta clásica de salvación individual. La pandemia ha puesto en evidencia hasta qué punto eso no funciona.